Conocí la soledad en mi depa

julio 18, 2017, In: Daliamente
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La primera noche que estuve con ella, tenía miedo, quería evitarla, ni si quiera podía nombrarla. Recuerdo que la miré de arriba a abajo, que subí y bajé los escalones de mi casa, quería estar donde ella no estuviera. Así pasaron días y noches y yo me preguntaba ¿en qué momento se va a ir de aquí? ¿en qué momento dejará de incomodarme su presencia?

Siempre estaba ahí; de noche, de día, por las tardes… ¿qué diablos le ocurría? Lo primero que pensé fue en sacarla de mi casa pero parecía imposible. Le pedí ayuda a un amigo porque sola no podía. Luego visité a una amiga para preguntarle que qué hacía par sacarla. Mis amigos me decían que no se iba a ir, que era mejor aceptarla. ¿Pero de qué rayos están hablando? ¿cómo que debo aceptarla? ¡Eso jamás! ¿Cómo aceptarla en mi casa si es oscura, fría y sin nada bueno para una charla? Además con su asfixiante presencia hacía que me levantara de madrugada con un miedo terrible.

Al cabo de unos meses, pude confirmar que no me hizo ningún tipo de daño, comencé a tolerarla; qué más daba, ya estaba aquí.

Recuerdo que una tarde de lluvia, me preparé un café y me dirigí a mi balcón, cómo olvidar ese día cuando por fin me decidí a conversar con ella. La miré y le dije: ¿por qué estás aquí? ¿qué es lo que me quieres enseñar? Jamás me contestó. Al siguiente día me propuse no cuestionarla, tan solo aceptarla. Ella y yo no nos sentíamos muy cómodas con ese aspecto de la casa, era necesario hacer una limpieza para un cambio de energía, algo que me mantuviera alejada de su presencia. Sin embargo nada sirvió… ella seguía ahí.

Pasaron los días y dejó de parecerme tan mala como la creía. Me di cuenta que como no hablaba, no me interrumpía; como no se movía, no me estorbaba; podía caminar de arriba a abajo, poner la música que yo quisiera y ni una queja había.

En la mañana rumbo al trabajo ella me despedía y al llegar a casa me sonreía. Por fin supe su nombre… Ella se llama “soledad” y venía justo a abrazarme y a enseñarme el amor que yo me tengo. Ya no tenía porqué temerle, ella estaba para mi. Me enseñó cómo preparar café y a tomarlo con amigos o sólo con ella, a cantar, ver películas y terminar dormida abrazada de ella.

Ahora es una de mis grandes amigas que se encarga de recordarme el valor que merezco y el amor que está dentro y fuera de mi.

Si un día llega a tu casa “soledad”, ábrele la puerta, no le tengas miedo ni intentes huirle, sólo viene a enseñarte lo mejor de ti.

Colaboración de Joss JH