LICOR DE MUJER

Colaboración de Francisco Domínguez

 

El pecho me explotó cuando me enseñó la lencería negra. La imaginé enredada ahí, como presa. Pero ella no se imaginaba con esa telaraña puesta y encima de mí, como felina. Y empezó mi agonía. 

Esa mujer tenía una rosa en los labios. Fruta. Un cocktail que le hablaba a mi anémica alma. Contemplaba cómo abría y cerraba esa boca que sólo una vez probé, con tintes de naranja, licor y vida. Ese día su cintura se incrustó en mis manos, como una horma. 

Y enloquecí. 

Salíamos, bebíamos, hablábamos, cantábamos, llorábamos. Todo sin abalanzarnos el uno sobre el otro por más que me muriera de ganas por hacerlo. Ella, posiblemente, sólo me seguía el juego, ese en el que ella sabía la respuesta y me daba pistas con sus miradas y sonrisas que se pintaban como precipicios a los cuales caía desprotegido. 

Jugaba conmigo. Sin querer, pero lo disfrutaba. Sabía que mis entrañas pedían un poco más de sus perfumes arrebatados y violentos con los que hacía voltear a más de uno. Su clase contrastaba con su desmedido lenguaje; su piel, con la pulcra dentadura blanca; su cabello rojizo con lo natural de sus instintos. 

Ella ataba en mi cuello la correa del deseo. Y me llevaba. Y me dejaba llevar. Hasta que la presunción de su inalcanzable posición la restregaba por mi orgullo, corazón, alma, espíritu y líbido. Voló más alto de donde la quise tener y en ese vuelo se perdió. La perdí. 

Me preferí a mí, que a seguir alimentando un ego que al final marcó distancias. Hasta que un desamor la devolvió a la tierra. Ahí estuve yo, de nuevo, pero ya sin ese arrojo por acudir al llamado no solicitado, pero sí anhelado y con pretextos encontrado. 

Sin embargo, esa noche de licor, caminata, besos y de intensos abrazos, no se escapó jamás de mi cabeza. En sus desesperados sollozos nunca me aproveché aún pudiendo hacerlo. Y la cuidé esa noche en la que abandonaba una historia de amor fallido, con un punto final en forma de seda y lencería que se quedaron en la envoltura, hasta que me la mostró para llorar su mudanza.

Desde entonces deseo probar una vez más esos labios, como hacía tanto tiempo, desde que la conocí. Pero normalmente el que respeta pierde y el que abusa gana. Es otro el que se adueña por las noches de sus roces, sus sabores y humores, mientras acá, a kilómetros de distancia, a uno le queda escribir líneas con la imagen pasional de aquella mujer pantera que al acariciar rasguña, que sin querer ama y al acercarse mata.

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