Oye, ¿Te acuerdas cómo fue que decidiste salir de casa de tus papás?

Tenías tantas ganas de ya no dar explicaciones de tus movimientos, de sentirte libre y capaz de comenzar tú solita un espacio diseñador por ti. Tenías miedo y emoción a la vez, quizá hasta sentiste un poco de culpa por no “estar haciendo lo correcto”, por no estar saliendo de blanco como tu familia lo creyó y probablemente hasta llegaste a creerte los juicios de las personas cuando decían que eras una libertina.

Y entonces un día decidiste empacar todos tus sueños, tus proyectos, tus ilusiones, tus miedos, tus juicios, tus culpas y llevártelos a un depa que quizá no era el que tanto veías en sueños, pero que parecía el lugar perfecto para repararte y comenzar de cero.

Quizá tú como yo, empezaste con un colchón en el suelo, tu ropa y una parrilla eléctrica, pero con un montón de cajas llenas de ilusiones y metas por cumplir. 

Qué duro es pasar un invierno en un depa sin muebles y sin ninguna otra compañía más que la tuya, ¿verdad? Te entiendo porque también lo viví.

Llegar a casa y no tener con quién platicar de lo que te pasó en el trabajo, o no tener con quien llorar las penas, parecía casi insoportable. Aquí fue cuando sentiste ganas de regresar a casa arrepentida de la “estúpida decisión de salirte”. Hiciste de todo para no sentirte sola, para romper el silencio del depa, para callar a toda costa las voces que explotaban en tu cabeza y que te repetían una y otra vez que quizá esa no había sido la decisión correcta. Extrañaste a tus papás, las peleas con tus hermanos, a tus mascotas que tuviste que dejar porque tu casera no te los permitía, extrañabas los desayunos y las comidas que te preparaba tu mamá para el trabajo y que muchas veces olvidaste sobre la mesa, extrañaste la calidez y la comodidad de aquel lugar del que saliste. Pasaste muchas noches llorando porque en tu afán de no sentirte solita, abriste tu hogar y corazón a un chico que poco le importó irse a la mañana siguiente. 

Tantos gastos que no tenías contemplados hacer, parecían ser ahora sí el motivo para abandonar tu sueño de ser independiente. 

Pasaron algunos meses y tu depa comenzaba a tomar forma, compraste algunas plantas, se murieron, compraste más… aprovechabas las ofertas del súper para hacer una despensa como si supieras que se aproximaba una guerra mundial… se te pudrió todo en el refri. Después algún amigo o familiar te regaló un mueble que a él ya no le servía, para ti fue un gran tesoro que llenó de alegría aquel lugar que en un principio parecía una bodega por las cajas que tardaste semanas en desempacar.

La soledad dejó de ser un conflicto y se convierte en el oasis perfecto para escucharte, amarte y respetarte sin juicios. 

¿Volver a casa de tus papás? ni loca.
Ahora ya sabes administrar tu dinero, cocinar las porciones perfectas para que no se pudra la comida en el refri, disfrutas pasar un fin desconectada del mundo encerrada en tu depa viendo Netflix, platicas con las plantas porque ahora ya no se te mueren, ya no necesitas llenar vacíos con otras personas porque ahora eres más consciente de que de esos te encargas tú misma. 

¿Te das cuenta cuánto has crecido y aprendido? ¿Te has felicitado por todos estos logros? Si no lo has hecho, déjame hacerlo por ti. Déjame decirte que eres una persona increíblemente fuerte, que quizá para muchos pudiera parecer poco, pero sólo tú y yo sabemos lo que cuesta mantener un depa; pero sobretodo sabemos lo que cuesta enfrentar juicios, miedos, culpas, reproches y aún así salir con el pecho inflado de orgullo y ganas de seguir recorriendo este viaje. El camino es largo y aún hay mucho por aprender, tendrás caídas fuertes de las que vas a creer que no podrás levantarte,  pero tu voluntad y el amor que durante todo este tiempo cosechaste en ti, te harán levantarte una y otra vez.

Abrázate por lo que eres, con todo y tus errores y malas decisiones, porque esas también han sido parte de la aventura y de tu proceso de crecimiento.

Te quiero y te admiro, mujer resiliente.

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