¿Quién chingados te crees?

Cuando comencé esta travesía de vivir sola, pensaba que todo iba a ser fiesta y rock and roll… y no les voy a mentir, en un principio sí fue así. Disfruté esta etapa con el que en ese entonces era mi “querer”. Le dimos vuelo a la hilacha y las noches se hacían cortas para darnos amor. Con el paso del tiempo sentía más la necesidad de que no se fuera; me daba tanto miedo quedarme sola cada vez que a la mañana siguiente o a mitad de la noche se iba.

Disfrutaba mucho de mis momentos de soledad, pero también estaba esperando a que llegara el momento de volverlo a ver… estaba en una relación totalmente codependiente y no lo sabía. ¿Quién chingados te crees para irte y dejarme así?

Pasó el tiempo y aquella relación terminó pero no tardé mucho en encontrar el consuelo en otra persona, pero aquella sensación de vacío y miedo de quedarme sola de nuevo se apoderó de mí. “¿No te vayas, por favor?, No me dejes” eran las palabras que pasaban por mi cabeza cada vez que “mi consuelo llenador de vacíos” se marchaba a la mañana siguiente. ¿Quién chingados te crees para irte y dejarme así?

En aquella soledad, donde no dejaban de retumbar las voces de autosabotaje, descubrí que estaba yo. Mi Yo llena de miedos, de complejos, de dolor y abandono. Y casi más a fuerza que de ganas tuve que verme frente a frente con todo eso que me dolía… fue así que en aquel silencio y en esa fría soledad, lloré incontables noches; muchas preguntas, pocas respuestas, más llanto. Con el tiempo fui cobrando más seguridad en mí y el miedo a la soledad ya era casi invisible. Me estaba por fin conociendo. Aquel dolor y miedo al abandono no era de aquellas personas, era el abandono a mí misma por depositar en manos de otras personas la responsabilidad de hacerme feliz.

“Ten, esta soy yo, encárgate de hacerme feliz y llenar mis vacíos”

Con esta fuerza y este poder que estaba recién estrenado me di el placer de convertir aquellas noches de dolor en verdaderas noches de amor propio. Y entonces la pregunta cambió de dirección: ¿Quién chingados te crees para merecer tan poco?  Me sentí con la fortaleza de cerrarle la puerta en las narices a los aprovechados que creían que por estar sola, necesitaba de su compañía. ¿Quién chingados te crees para creer que quiero/necesito tu compañía?

Pero no tenía toda la batalla ganada; volví a depositar mi confianza en personas que no debí. Fue como tener una recaída en aquel estúpido vicio de la codependencia; me lo repeché y sentí que había vuelto a perder. Odié a las personas que “me lastimaban”. No eran ellos los que me lastimaban, era yo la que permitía el daño, ellos sólo eran el reflejo de las cosas que me hacía falta conocer de mí misma para sanarme.

Con el tiempo y con las caídas aprendí que las personas son esas oportunidades que una misma genera para conocerse. Pude pasar de largo con los ojos cerrados en mi papel de víctima, porque ¡ah qué cómodo es!, pero mejor decidí recoger mis pedacitos y enfocarme en sanar mis heridas y comenzar por hacerme responsable de mí, de mis actos y de mis decisiones. Aprendí hasta agradecer a aquellos “villanos” por permitirme ver reflejados mis carencias afectivas y a entender que nada dura para siempre, que todo es un pequeño ciclo y que cada quien es responsable de su propia felicidad; aprendí a vivir mis procesos de manera más amorosa y respetuosa conmigo misma.

Aprendí a amarme

También aprendí a alejarme de lugares, situaciones y personas que no me sumaban y que me dañaban, porque mi voz interna me gritaba:
¿Quién chingados te crees para merecer esto?

Un día a la vez.

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